INTRODUCCION

Cualquier tecnología suficientemente avanzada no se puede distinguir de la magia.

The Lost Worlds of 2001 - Arthur C. Clarke


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sábado, 5 de marzo de 2011

cartas de afectados

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carta de otro afectado

2009 05 18, 6:20 Hola. Antes de nada quiero agradecer a todo el equipo de la revista la oportunidad que me ha dado para recuperar mi salud y reorientar mi profesión a través de la búsqueda y recopilación de la información contenida en los diversos números en lo que a los riesgos asociados a la contaminación electromagnética se refiere. Verán, me llamo Alberto, tengo 31 años, he recibido formación en Ingeniería Técnica Industrial y me gustaría compartir mi experiencia. En 1999 comencé a padecer los síntomas de la Electrosensibilidad (insomnio, cansancio, dolor de cabeza...) tras vivir a 150 metros de una antena de telefonía móvil durante más de 7 años y de una subestación eléctrica (35 años funcionando) ubicada en el mismo terreno de la antena. Pero ahora sé, tras adiestrarme en el uso de los aparatos para discriminar, que lo que más me estaba afectando era un aparentemente inofensivo enchufe situado a sólo 10 centímetros del cabecero de mi cama cuya radiación soporté durante al menos 18 años. La Electrosensibilidad es una enfermedad notoria recurrente provocada por la exposición a campos electromagnéticos y que disminuye o desaparece cuando uno se aleja de la fuente que los genera: transformadores, antenas de telecomunicaciones, aparatos domésticos, geopatías, etc. Se trata de un trastorno orgánico reconocido por la Organización Mundial de la Salud (OMS) pero en nuestro país se sigue sin tener un criterio para su diagnóstico. Y muchas de las personas que hoy la padecemos vimos agravados nuestros síntomas en respuesta al uso continuado de ordenadores con pantallas de tubo de rayos catódicos mientras que actualmente la mayoría lo son a través del uso frecuente de los teléfonos móviles o de la exposición prolongada a las emisiones de las estaciones base de telefonía. Uno de los primeros síntomas que noté fue la rigidez en los músculos de la cara cuando estaba usando el ordenador durante algunas horas. Con el paso del tiempo el malestar se hizo general pues a ello se sumó la falta de concentración, picor en el cuero cabelludo, irritabilidad e, incluso, pequeñas arritmias que parecían remitir por completo después de algunas horas de no utilizarlo. Es en ese momento cuando empiezas a ser consciente de que tienes una especie de alergia o sensibilidad extrema a las radiaciones y de que también eres sensible a otros aparatos eléctricos y/o radiofrecuencias. Llegar hasta aquí no ha sido fácil porque en nuestro país la mayoría de los médicos no ha oído hablar nunca de este síndrome. Y eso hace que a las personas que empezamos a padecer tales síntomas se nos catalogue de hipocondríacas, quejicas, inadaptadas sociales o neuróticas y se retarde el tratamiento correcto. Es más, ante la evidente falta de apoyo las personas afectadas tratan de ocultar (se) sus síntomas y seguir con sus vidas (trabajos, estudios, etc.) como si no pasara nada pero -como en todo proceso crónico degenerativo- llega un momento en el que “las gotas de agua terminan por colmar el vaso” . Es en ese punto cuando la persona afectada tiene que tomar las riendas de su vida, encarar la enfermedad, buscar soluciones, aceptar que está sólo y aprovechar la ocasión para desarrollar cualquier carencia espiritual porque si no lo hace o prefiere meter la cabeza bajo tierra -como el avestruz- o delegar su salud en terceras personas lo más probable es que no acuda nadie con una “varita mágica” a solucionarle su vida. Muchas veces las personas con este síndrome entran en un círculo vicioso que hace que cada vez empeoren más y como mucho, consigan fármacos paliativos pero sin saber que lo que de verdad les está causando los problemas es la radiación que entra por sus casas procedente de las antenas de telefonía móvil que sus vecinos, con suma ignorancia y/o intereses económicos, les han puesto enfrente; o el radio-reloj despertador que tiene encima de la mesilla de noche… De hecho a veces lo único que hay que hacer es cambiar la cama de sitio con ayuda de un experto y, simultáneamente, acudir a la medicina biorresonante para descargarnos de la radiación que hemos ido acumulando en nuestros cuerpos. También va muy bien introducir en nuestra dieta ciertos alimentos. Es el caso de las nueces o el del cacao por su riqueza en melatonina (hormona que regula el sueño, estimula nuestras defensas y nos protege de los radicales libres y que se deja de segregar en presencia de campos electromagnéticos según diversos estudios como los del profesor José Luis Bardasano ). Es importante saber además que los metales pesados (mercurio, plomo, cadmio...) que se acumulan en nuestro cuerpo y que pueden proceder de amalgamas bucales, de las cañerías que transportan el agua que bebemos a diario y de los alimentos enlatados pueden agravar la sensibilidad a las radiaciones si no se eliminan a tiempo (baste recordar que los metales son muy buenos conductores de la electricidad). Y saber que para limpiar nuestro organismo de esos productos tóxicos van muy bien el alga chlorella, el ajo y el cilantro. Por propia experiencia les puedo asegurar que se puede cambiar de rumbo el curso de esta afección. Por supuesto, los cambios no son espectaculares pero sí son constantes y ya no tienen vuelta atrás. En Suecia, primer país que aceptó la Electrosensibilidad como causa de baja laboral (invalidez física), la cifra de afectados se eleva hoy a 250.000. Y según las últimas estimaciones para las sociedades modernas la población electrosensible oscila ya entre el 3 y el 5%, cifra que podría duplicarse en los próximos diez años. Para terminar quiero animarles a denunciar, manifestarse, recoger firmas y todo lo que sea necesario para exigir a nuestros representantes políticos nuevas leyes que tengan en cuenta los efectos sobre la salud de las personas más susceptibles a medio y largo plazo, en consonancia con los estudios científicos más actuales. Es necesario difundir la existencia de la electrosensibilidad primero para defender la causa de las personas ya enfermas y, en segundo lugar, para prevenir a otros con el fin de que no la sufran. Un saludo repleto de paz y de armonía. Alberto Cela



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